5.4.- CRISIS, LEY DEL VALOR-TRABAJO Y SOCIALISMO:
Sin embargo, no tardará mucho tiempo sin que, de nuevo, las contradicciones internas del modo de producción capitalista empiece, como el viejo topo, su tarea de zapa de los cimiento del orden. Rosdolsky ha definido a este proceso como "la barrera histórica de la ley del valor" haciendo referencia a su desenvolvimiento en el capitalismo pero, sobre todo, a su necesaria superación histórica en el socialismo. ¿Qué relación guarda esto con la teoría de la crisis? Toda. Para Marx cualquier crisis capitalista, por pequeña que fuera, lleva ya un gérmen de las fuerzas emancipadoras que pueden avanzar hacia el socialismo, aunque también a lo contrario. Un reaccionario muy lúcido como Bismarck comprendió exáctamente lo mismo cuando sostuvo que dentro de cada pequeña huelga obrera palpitaba la revolución.
Semenjante contradicción es, para Marx, nueva en la historia humana pues los modos de producción anteriores son cualitativamente diferentes al capitalismo en varias cosas, pero la esencial y las que resume a todas es su universalidad. Como dice Rosdolsky: "Es, pues, su carácter universal, su impulso hacia una constante revolución de las fuerzas productivas materiales, lo que distingue fundamentalmente a la producción capitalista de todos los modos de producción anteriores" (209). En otras palabras: "mientras que todos los modos de producción anteriores eran compatibles con un estado de las fuerzas productivas que avanzaba sólo muy lentamente, o que incluso permanecía estacionario durante prolongadas épocas, el capital parte precisamente del 'constante revolucionamiento de sus premisas existentes como premisas de su reproducción'" (210).
Toda la historia del capitalismo confirma apabullantemente este principio marxiano, y el libro de Arrighi es una brillante confirmación de ello. Sin embargo, Marx no se detiene ahí, aun siendo ya mucho teniendo en cuenta las limitaciones de los borradores y, en especial, el nivel teórico alcanzado en su tiempo por otros. En 1857-1858 la necesidad capitalista de suprimir trabajo vivo mediante la introducción de maquinaria era lenta pero objetiva y aceleradamente impulsada también por el Estado burgués y no sólo por los empresarios. Semejante revolucionarización permanente de las fuerzas productivas es incomprensible sin el potencial de la maquinaria desestructurando la vieja sociedad y estructurando la nueva. Por eso Marx estudió de manera tan original el problema del maquinismo, de la tecnología en general, con su "poderosa eficacia", que llegó a la conclusión de que, por un lado, se multiplicaba el tiempo disponible de las masas debido al desarrollo tecnoc-científico pero, por otro y debido a la necesidad del capital de crear valor para sí mismo, esta tendencia debía ser convertida en proceso de explotación para producir plusvalor. Dado que esta contradicción irresoluble afecta a la vigencia de la ley del valor-trabajo, vital para transformar el plusvalor en valor y beneficio burgués, por ello mismo la permanente revolucionarización de las fuerzas productivas inherente al capitalismo va acercando el final histórico de la misma ley del valor-trabajo. Esta es la contradicción esencial tal cual Marx la desarrolla en sus manuscritos y que se agudiza a diario.
Rosdolsky sintetiza así lo dicho hace algo más de un siglo por Marx: "Solo hoy está dadas, gracias al desarrollo de la técnica moderna, las condiciones para la supresión total y definitiva del "robo de tiempo de trabajo ajeno"; y sólo hoy pueden impulsarse tan poderosamente las fuerzas productivas de la sociedad que, de hecho, y en un futuro no demasiado lejano, la medida de la riqueza social no sea ya el tiempo de trabajo sino el tiempo disponible, el tiempo de reposo. Mientras que hasta el presente todos los métodos en virtud de los cuales se elevaba la productividad del trabajo humano se revelaron al mismo tiempo, dentro de la práctica capitalista, como métodos de una degradación, subordinación y despersonalización cada vez mayores del obrero, actualmente el desarrollo tecnológico ha llegado a un punto en el cual los obreros podrán ser finalmente liberados de la "serpiente de sus tormentos", de la tortura de la cinta sin fin y del trabajo a destajo, y convertirse de meros apéndices del proceso de producción en sus verdaderos directores. Por lo tanto, nunca estuvieron tan maduras las condiciones para una transformación socialista de la sociedad, nunca fue el socialismo tan imprescindible y económicamente viable como hoy" (211).
Esto está escrito hace un tercio de siglo, cuando el capitalismo no había lanzado su brutal contraofensiva neoliberal destinada a detener en seco la oleada de luchas revolucionarias y reivindicativas que desde mediados de 1960 recorría el mundo, y también a relanzar la tasa media de beneficio claramente descendente. Tampoco conocía el autor las portentosas innovaciones tecnocientíficas que se multiplicaron en los años siguientes que afectaban ya al interior mismo de la materia, la vida y la mente humana. En este tercio de siglo han madurado aún más las condiciones para la transformación socialista. Sin embargo hemos visto la proliferación de las crisis. Pues bien, tanto en la implosión de la URSS, como en el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo y, por no extendernos, en el ahondamiento de la catástrofe ecológica, recorriendo estos y otros acontecimientos ha actuado como detonante la estrategia capitalista por aumentar el "robo de tiempo de trabajo ajeno" y por subsunción real de la naturaleza en la lógica ciega de la ley del valor-trabajo, mercantilizándola. Uno de los objetivos prioritarios del capital en estos momentos -siempre pero ahora más- es el de imponer su control férreo, privatizado y defendido incluso con las armas, de la producción tecnocientífica porque es consciente de su contradictorio poder, es decir, de su efectividad opresora y alienadora pero, por el lado opuesto, liberadora y desalienadora.
Como hemos comentado anteriormente sobre el proceso que va de la ley del mínimo esfuerzo a la ley del valor-trabajo pasando por la ley de la productividad del trabajo, este proceso, que exige la intervención humana para realizarse, está actualmente llegando a su punto máximo de tensionalidad a escala planetaria. Y ésta llegará no cuando todos los continentes sean sometidos al expolio generalizado de sus recursos naturales y de sus mercados, sino fundamentalmente cuando las masas humanas hayan sido expulsadas de sus relaciones sociales de producción precapitalista, campesina y/o artesanal, y, como sucedió con las masas del actual capitalismo "desarrollado", sean expropiadas de cualquier recurso de subsistencia, trabajo o vida no asalariada ni mercantilizada. Cuando el capital expulse del campo a miles de millones de campesinos, y de sus talleres precapitalistas a cientos de millones de artesanos, y a cientos de millones de trabajadores autónomos, etc, entonces, es decir, cuando la ley del valor-trabajo dicte ciega y atrozmente su voluntad sobre el planeta entero, dictadura que si no lo impedimos llegará tarde o temprano, entonces la contradicción irreconciliable habrá llegado a su total poder destructivo o emancipador. Y en esos momentos será vital para la humanidad optar prácticamente por el caos o por el comunismo. Hasta entonces, si no lo hemos impedido, aumentarán los desastres, sufrimientos y ruinas, por un lado, y por otro la acumulación de inmensas sobreganancias, suntuosidades y lujos inhumanos.
Contra esta concepción se han opuestos multitud de pegas y argumentaciones que, en síntesis, buscan desautorizar la ley del valor-trabajo en concreto. La que más ha calado ha sido la de la supuesta "sociedad pst-industrial", lanzada entre otros por el sociólogo refosmista Alain Touraine y después recogida, ampliada y repetida hasta la saciedad. Pero como sistiene entre otros muchos, Hobsbawm: "es un error hablar de la era postindustrial, porque los bienes y servicios que se producían en la era industrial se siguen produciendo también hoy. Y si bien son productos que se fabrican en mayores cantidades y con una distribución más extensa, se hacen con menos empleo de trabajo. La novedad reside en que, entre los factores de producción, los seres humanos son cada vez menos necesarios. Porque, hablando en términos relativos, no producen lo que cuestan: los seres humanos no son adecuados para el capitalismo" (212). Si, como resulta obvio, los humanos no somos adecuados para el capitalismo, alguno de los dos sobramos, o nosotros o el capital. Y esta es, con otras palabras, la teoría marxista de la crisis.
Esta concepción materialista de la historia humana no se ha creado en el interior de lujosos despachos universitarios sino en la áspera lucha revolucionaria, aprendiendo de los errores y rompiendo moldes de todo tipo. Trotsky lo explicó así al definir al marxismo como "la menos dogmática y la menos formal de las doctrinas, en cuyo marco de generalizaciones resaltan la carne viva y la sangre caliente de las luchas sociales y de sus pasiones" (213). En esta dialéctica entre la acción y la teoría, las pasiones y la frialdad autocrítica e innovadora, la ensangrentada lucha y los objetivos que se tienen, la recuperación del tiempo propio, libre y creativo, aparece como el secreto último de la desalienación, De hecho, y no disponemos aquí en absoluto de espacio para explicar nada más, la razón última de la degeneración burocrática de la URSS y de ahí en adelante, su involución hacia el desastre bajo las agresiones imperialistas y la obsesión de la casta burocrática por convertirse en "nueva burguesía", ese secreto no es otro que la opción de la casta burocrática en proceso de formación por mantener la vigencia de la ley del valor-trabajo dentro del socialismo, negando total y absolutamente la teoría de Marx (214).
Eugen Varga, coautor junto a Bujarin de una de las tres grandes versiones de la "teoría del derrumbe", como hemos dicho, renombrado economista oficial en la URSS hasta su muerte en 1964, dejó amargada, entristecida y autocrítica constancia en su testamento secreto de los demoledores efectos alienadores producidos en las masas soviéticas por el fracaso del partido monopolizado por esa "aristocracia burocrática" a la que él mismo pertenencia, a la hora de controlar democráticamente, en las duras condiciones rusas, el desenvolvimiento de la ley del valor-trabajo: "El ciudadano soviético normal se preocupa, fuera de su trabajo, de conseguir la máxima cantidad de bienes de consumo, de tener un bonito piso, un terreno para su dacha, televisor, ropas, etc. Guarda su dinero, presume delante de sus parientes y vecinos. Los individuos con tal mentalidad representan de hecho la pequeñaburguesía soviética" (215). Las reflexiones críticas al respecto no se circunscriben a la experiencia rusa y europea, también en Cuba esta cuestión fue debatida entre un minoritario y progresivamente aislado Che Guevara consciente de los peligros que anidan en el "uso socialista" de la ley del valor-trabajo, y una burocracia convencida de su escaso riesgo ante la "pronta e inevitable victoria del socialismo" transplantado de la URSS (216).
Volviendo a Rosdolsky: "En el socialismo la actividad humana creadora, el trabajo, tendrá importancia decisiva. Por cierto que experimentará inmensas modificaciones cualitativas y cuantitativas. En el aspecto cualitativo se diferenciará de la forma capitalista del trabajo --que Smith concibió tan acertadamente como un "sacrificio de libertad y dicha"-- por la circunstancia de que, en primer lugar, convertirá al obrero en director consciente del proceso de producción, limitando su trabajo cada vez más a la mera supervisión de las gigantescas máquinas y fuerzas naturales intervinientes en la producción; y en segundo término, en virtud de su carácter de trabajo colectivo, directamente socializado, cuyo producto ya no enfrentará al productor en la forma de objeto alienado y que lo domina. De esta manera, en el socialismo, el trabajo, liberado de las escorias del pasado, perderá las características repelentes del trabajo forzado para convertirse en 'travail attractif', en el sentido que le daban Fourier y Owen. Por su parte, en aspecto cuantitativo, esta transformación del trabajo se manifestará en una limitación fundamental del tiempo de trabajo y en la consecuente creación y extensión del tiempo disponible. Pues aunque tampoco la sociedad socialista podrá renunciar en modo alguno al "plustrabajo", estará no obstante en condiciones --gracias al pleno despliegue de las fuerzas productivas-- de reducir a un mínimo la cantidad de trabajo para cada uno de los miembros de la sociedad. Pero con esto no sólo caducará la tradicional división del trabajo, con su separación de los hombres en trabajadores "manuales" e "intelectuales", sino que la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de esparcimiento perderá el carácter antitético que posee en la actualidad, puesto que el tiempo de trabajo y el tiempo libre se acercarán y complementarán cada vez más en forma recíproca" (217).
Naturalmente, este proceso depende del desarrollo desigual y combinado de las contradicciones sociales. No todos los pueblos caminan a la misma velocidad hacia su emancipación, y dentro de las clases trabajadoras existen muchas diferencias --introducidas premeditadamente por el capital- en las condiciones de explotación para, entre otras cosas, generar muchas diferencias en los niveles de conciencia. Pues bien, según sean los procesos y según sean las capacidades productoras de los pueblos emancipados, según sea el contexto mundial de lucha de clases y de internacionalismo solidario, así como, por no extendernos, la marcha mundial de la economía capitalista, dependiendo de esta compleja relación de fuerzas objetivas y subjetivas, resulta que el "uso socialista" de la insalubre y cancerígena ley del valor-trabajo: "podrá cumplir, evidentemente, dos funciones diferentes. En primer lugar, servirá dentro del propio proceso de la producción, para establecer la cantidad de trabajo vivo necesario para la producción de diversos bienes, y poder administrarla en forma tanto más económica; y en segundo lugar, esta medición también puede tenerse en consideración como un medio de distribución, con cuya ayuda se adjudicarían a los diversos productores individuales participaciones en el producto social destinado al consumo" (218).
Obsérvese que hablamos del principio organizador y distribuidor pre-comunista que dice: "De cada cual según sus capacidades, a cada cual según su trabajo". Es decir, esa sociedad se mueve todavía dentro de las formas de distribución determinadas por la desigualdad en la producción, lo que, a la fuerza, tiende a generar nuevas tensiones sociales y a regenerar las viejas heredadas del capitalismo y que se recuperan tal cual constató muy apesadumbrado E. Varga y tanto temía Che Guevara. No podemos extendernos aquí en las medidas estructurales de democracia socialista -dictadura del proletariado- que son imprescindibles para combatir las fuerzas oscuras que bullen en el interior de la mercantilización de las cosas y de las personas. Sin la democracia socialista, que debe abarcar a la totalidad de la estructura social, es inevitable la descomposición burocrática interna de la que nacerá, tarde o temprano, otra nueva dictadura capitalista --democracia burguesa-- sobre las cenizas de la victoria popular. Recordemos que Yeltsin inauguraba monumentos a Lenin en Moscú a finales de los ochenta, y que Putin era un "fiel comunista" formado en la KGB. Solamente la democracia socialista y la práctica consciente de extinguir el Estado obrero a la par de la extinción histórica de la ley del valor-trabajo, se sentarán las bases subjetivas y objetivas para que se pueda desarrollar el principio comunista de la distribución: "De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades".
(209) R. Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", ops, cit, pág. 467.
(210) R. Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", ops, cit, pág. 468.
(211) R. Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", ops, cit, pág. 472.
(212) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 111.
(213) León Trotsky: "Perfiles políticos", Edit, Ayuso, Madrid 1981, pág,. 130.
(214) E. Preobrazhenski: "Por una alternativa socialista", Edit. Fontamara, Barcelona 1976. Bujarin y Preobrazhenski: "La acumulación socialista", Alberto Editor, Madrid 1971. Trotsky: "La revolución traicionada" Edit, Fontamara, Barcelona 1977. AA.VV: "El Gran Debate (1924-1926)", Siglo XXI, Madrid 1975, 2 volúmenes. E. Mandel: "La economía del período de transición", Ediciones Rojas,nº 14, Barcelona 1977. Catherine Samary: "Planificación, mercado y democracia. La experiencia en los llamados países socialistas". IIIF, Cuadernos nº 7/8, Amsterdan, 1989. Carlos Taibo: "La disolución de la URSS", Ronsel, Barcelona 1994. C. R. Aguilera de Prat: "La crisis del Estado Socialista", PPU, Barcelona 1994. Andrés Romero: "Después del estalinismo", Edit, Antídoto, Argentina 1995. Ted Grant: "Rusia. De la revolución a la contrarrevolución", FFE, Madrid 1997. Marie Levigne: "Del socialismo al mercado", Edic. Encuentro, Madrid 1997.
(215) Eugen Varga: "Testamento", Icaria, Barcelona 1977, págs 32-49.
(216) Ernesto Che Guevara: "Escritos económicos", PYP, Argentina 1971. Che Guevara, Bettelheim y Mandel: "El debate cubano. Sobre el funcionamiento de la ley de valor en el socialismo". Edit, Laia, Barcelona 1974. Carlos Tablada Pérez: "El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara", Casa de las Américas, La Habana, 1987. Roberto Massari: "Che Guevara. Grandeza y riesgo de la utopía". Txalaparte, Lizarra 1992. Gary Tennant: "El Che Guevara y los trotskystas cubanos", Revista "En Defensa del Marxismo", nº 18, Argentina octubre 1997.
(217) R. Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", ops, cit, págs 475-476.
(218) R. Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", ops, cit, pág. 478.